El lago escondido

Por Cristian Kloster

La foto principal de este artículo, la que usted puede ver encabezando la página, nos muestra una imagen bellísima de Bariloche. Sin embargo, este ángulo o perspectiva, jamás ha sido contemplada. No hay postal de la ciudad que muestre a San Carlos de Bariloche desde el lago. Particular y curioso, ¿no cree? En una de las apasionantes charlas que suelo tener con Paula Nuñez, investigadora de Conicet que trabaja en la Universidad Nacional de Río Negro, y con Matías Skulj, gran navegante de las aguas del Nahuel, posiblemente haya visto la punta del ovillo desde donde desentrañar este caprichoso misterio. Antes de sumergirnos en esta teoría, le aconsejo vestirse con traje de neoprene.

La paradoja nos remite, como suele ocurrir, a los orígenes, a los primeros años de Bariloche como aldea o pequeño pueblo. ¿Cómo se entiende que un lugar construido a partir del lago, que da de cara al lago, que ha establecido su límite anterior al lago, luego lo niegue? La historia del Nahuel Huapi ha tenido sus vaivenes, desde ya. Pero seguramente ningún pionero, ningún visionario, ningún expedicionario de aquellos tiempos pudo haber imaginado la indiferencia que la ciudad tiene con el gigante lacustre. ¿Porqué mirar desde el lago no es lo común? Bariloche se conformó a partir del Nahuel Huapi, y fue éste quien permitió el enorme intercambio con Chile en los primeros años de su existencia. Para esto fue necesario, inevitablemente, la ruta lacustre. Pero en 1934, con la llegada de Parques Nacionales y la inclusión de nuestra región como uno de ellos, la historia se quiebra tanto que el espacio se reinventa de una forma tal que las únicas conexiones pasan a ser terrestres. Aquí se activa un factor tanto político como social, y es la elevación de una pared simbólica contra Chile, ergo, uno de los elementos que ex profeso se busca romper es, precisamente, la ruta lacustre. Pero no es estrictamente una cuestión de nacionalismo argentino. Chile hizo exactamente lo mismo. Pasó por el mismo proceso y tomó idéntica decisión. En la década de 1920, por ejemplo, instaló sus Parques Nacionales Puyehue y Perez Rosales, vacíos de poblamiento. Las distintas localidades que se ubicaban a lo largo de la ruta lacustre Nahuel Huapi – Osorno, Puerto Montt, terminan de desmantelarse en la década de 1960. Por ende, se trata de dos países ayudando a que esto se quiebre, definitivamente. Así llegamos a una rápida conclusión: El territorio quebrado sirve a intereses centralistas.

Aun así, cuando se construyó la Av. Bustillo, que rodea bellamente el lago, no se trazó para llegar al Hotel Llao Llao, desde ya, sino para unir los puertos que la ciudad tenía: Pañuelo, Moreno, Centro. O sea que esta vía de comunicación es la señal más cabal de una ciudad que fue pensada, en principio, por la existencia del lago. ¿No le falta hoy a la Av. Bustillo la ruta lacustre? ¿No alivianaría el caos vehicular, por ejemplo, entre otros beneficios?

El caso de la Isla Huemul es una de las paradojas o contradicciones más increíbles que demuestran esta teoría de la negación del lago. O, al menos, de su ocultamiento: Plantear un proyecto secreto al lado de una rueda turística donde se puede llegar nadando. ¿Cómo podía ser eso secreto, habiendo una sola ruta, y con todo el material que tenían que hacer llegar hasta la isla misma? El Proyecto Huemul fue una construcción casi desproporcionada, que tuvo a su favor la mayor inversión, en principio durante la década de 1950, pero seguramente también hasta la fecha, para que al final sea algo totalmente olvidado. Un desarrollo atómico, ultra secreto, en un momento crucial en la carrera nuclear mundial. El Proyecto Manhattan, por ejemplo, se ubicaba en pleno desierto, cerca de Albuquerque, New Mexico, lugar casi impenetrable. Al Proyecto Huemul, por su parte, se lo podía ver desde Playa Bonita. Un detalle extra: ¿se puede ir a visitar la Isla Huemul y lo que quedó del proyecto? No. En cualquier otro lugar ya se hubiese erigido allí un Museo, como mínimo, con su consabida explotación turística, memorabilia, visitas guiadas, souvenires y fotos con un ciervo. Evidentemente el Estado Nacional consideró, no a Bariloche, sino al lago como algo remoto. La ciudad era importante para el Peronismo y su turismo social, era un punto cercano simbólicamente, habitualmente en agenda para el desarrollo de algunos planes. Sin embargo el Nahuel Huapi no estaba contemplado. El lago se convirtió únicamente en un espacio pasivo para la mera contemplación. Forma parte de la postal, y ya.

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El Nahuel Huapi es un espejo enorme de agua con un potencial sin igual para realizar distinto tipo de actividades. Si hacemos un simple ejercicio, basta pensar en cualquier pueblo, villa, colonia, ciudad o metrópolis asentada al pie de una laguna, de un lago, de un mar, de un río, y verificar la cantidad de actividades que allí se desarrollan. Sin embargo, en Bariloche esto no ocurre. Podríamos hacer otro ejercicio, el cual es pensar al lago con un sinfín de actividades, y cómo hubiese evolucionado la ciudad en dicho caso. En principio no sería extraño pensar en embarcaciones saliendo cada hora hacia Villa La Angostura como el medio más dinámico y natural para llegar a ese lugar. Desde ya, la ciudad hubiese crecido en derredor del lago, y no solo Dina Huapi, sino toda la costa neuquina del lago estaría habitada por una extensión natural de la ciudad. Pero es obligatorio retrotraernos a la década de 1930, para encontrar un motivo determinante sobre esta situación, que fue el cierre de la actividad agropecuaria en la región, por ende también, el cierre de la actividad con Chile. Si la idea de Parque Nacional es un espacio vacío de colonización y urbanismo, donde prima exclusivamente la naturaleza, entonces el Lago Nahuel Huapi ha quedado como la expresión más vacía, casi un signo de desolación.

Nótese también la falta de bajadas municipales para embarcaciones. Cualquier persona que tenga un bote, lancha, o similar, tendrá que pedir ayuda a los particulares y privados que han copado las costas para poder acceder al lago. Mientras que cualquier pueblo con acceso al agua, tiene vías más sencillas o bajadas especialmente diseñadas para este fin. Estamos hablando de actividades prohibitivas para más del 90% de los que vivimos acá. Otra forma evidente de negar el lago. O quizás no solo de negarlo, sino de dejarlo a merced y voluntad de los que tienen más recursos, dinero, y un terreno de cara al lago, posiblemente con un deck o muelle. Bariloche mira al lago, pero sin puertos. O sea que mira al lago desde las piedras.

Volviendo a la postal que muestra a Bariloche desde el lago, hay otro detalle que llama la atención, y que también puede observarse en el camino hacia Villa La Angostura, cuando quedamos enfrentados a la ciudad. Se percibe un orden, un diseño criterioso, un cuidado trazo de las manzanas y de las calles. La ciudad es estética y armoniosa. Bariloche vista desde lejos parece planificada, diseñada, considerada a conciencia. Sin embargo, cuando estamos dentro, en esas calles, en esas manzanas, el caos y desorden es cada vez mayor.

Posiblemente no sea factible construir hoy una nueva ciudad a partir del lago. Durante décadas las costumbres, los hábitos, las maneras, han llevado a constituir a Bariloche como la conocemos. Pensar hoy en poner a disposición un ferry para trasladar pasajeros a Villa La Angostura es un emprendimiento inviable, obviamente. Sólo este racionamiento es posible y resiste las críticas si Bariloche hubiese seguido desarrollándose de la manera en que comenzó. Si nuestra ciudad hubiese mantenido los dinamismos de explotación, o de apropiación espacial, sería natural ver hoy embarcaciones de todo tipo en el lago realizando distintas actividades. La misma frontera hoy sería otra, y no tendríamos horas de espera para cruzar a Chile o viceversa. Piénsese en cualquier ciudad al borde del agua y cómo se usufructúa esta. Y no dejemos de pensar que tanto Bariloche como Villa La Angostura, en todo caso, son ciudades con turismo internacional.

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