Luz en la oscuridad

Posiblemente uno no lo conozca de forma personal. Quizás no sepamos dónde vive ni cómo viste. Sin embargo, su huella se imprime en muchos puntos de la ciudad. Allí donde Horacio percibe algo de oscuridad, de densa tiniebla en el ambiente, su arte llega para alumbrar de alegría el espacio. Sus obras son difíciles de catalogar, a menudo porque los soportes donde la imprime son heterodoxos. Además, su capacidad para recurrir a distintas técnicas permite combinaciones que ni siquiera se encuentran en las enciclopedias de arte. Lo cierto es que las pinturas y los murales de Horacio Ferrari no solo están embelleciendo la ciudad, sino que están trayendo esa luz de esperanza al final del túnel.

MURAL ELORDI

Hace más de 10 años, Horacio se propuso recorrer desde Ushuaia hasta Jujuy pintando murales en su camino. Jamás se imaginó que su detención en Bariloche modificaría no solo sus planes sino su vida. Aquí se quedó. Desde entonces, desarrolla de distintas formas su principal modo de expresión: “Pinto, primero, tratando de dejar un mensaje”.

A Horacio se lo ve simple, corriente, ameno, simpático, cálido. Sus expresiones pictóricas concuerdan con su perfil y estilo de ser. Le gusta tener algo de orden al trabajar (diseña algún boceto, marca con lápiz algunas líneas centrales de su dibujo, se vale de referencias), pero no soporta demasiado las estructuras rígidas, convencionales, académicas (de hecho abandonó su formación en La Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón de Buenos Aires). Es un personaje que le gusta transitar más por su propio mundo que por el que otros ya han marcado sendero. Se siente cómodo en la incomodidad de no etiquetarse bajo ningún “ismo”. Y haciendo un juego de palabras, desafía: “Soy un sinismo”.

A menudo sus trabajos son emprendimientos personales. Iniciativas en las que se involucra por alguna motivación íntima. Es el caso, por ejemplo, del maravilloso mural que luce en el Hospital Regional Ramón Carrillo. Horacio cuenta que le llevó unos 3 años completarlo, desde el momento que lo concibió en su mente. Pero una vez que se lo propone, ya nada parece detenerlo. Los obstáculos y las circunstancias parecen no frustrarlo en absoluto. Cargando sus pinturas, sus elementos, sus herramientas, y su mochila llena de paciencia, va logrando una tarea que se hace notar en la ciudad. Sus trabajos delinean una manera de entender el tejido social, la arquitectura, el entramado de relaciones, las realidades de los vecinos y las circunstancias políticas que rodean cada faena.

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“Siempre me ha impresionado la cuestión energética del color, tanto para mejorar, para enloquecer o para tranquilizar. El color tiene mucho poder. Junto con la línea y el punto, vos podés generar cosas. A veces buenas, otras no tan buenas. A mí me inspira tratar de contar cosas buenas. La pintura, el mosaico, el reciclado de basura o cualquier técnica, pueden ser medios de sanación. Una medicina, y al mismo tiempo una filosofía para mejorar el estilo de vida mío y de la gente.”

piazzolaA Horacio Ferrari lo motiva el arte callejero (“Aunque también son pintor de atril”, aclara). Por eso ha logrado relacionarse con toda la comunidad barilochense que practica el graffitti, o que pinta las paradas de colectivos, o que desarrolla murales grupales, etc. “Nos conocemos todos y nos ayudamos. Cuando aparece alguna posibilidad los llamo porque sé que vienen enseguida. Se enganchan todos, dan una mano y la pasamos bien”.

Otros trabajos destacados que pueden disfrutarse en la vía pública son los retratos de músicos populares argentinos que se hallan en la vereda del edificio de la sede del Club Andino. La obra más reciente es el mural que se distingue en la esquina de las calles Elordi y Brown.  “Me gusta la idea de lo efímero, pero más me gusta pensar en lo duradero, y que la obra quede por mucho tiempo.”

Pero quizás uno de los trabajos que más enorgullece a Horacio fue un mural un tanto escondido para la sociedad, pero notablemente visible para quienes lo necesitan. A partir de una Beca, tuvo la posibilidad de elegir hacer un mural donde quisiese, y optó por trabajar en el Penal de Bariloche. El desafío le llevó todo un año de actividad. “Llegaba al lugar, nos poníamos a hablar con los internos, a tomar mate, y no pintábamos nada. Así estuve mucho tiempo. Dándome cuenta que primero era necesario hablar. Todos necesitábamos contarnos cosas. Conocernos. Y así hice muy buenos amigos allí. Yo era visita, antes que pintor. Ya en un momento dije, bueno, empecemos. Pintemos, porque así no terminamos más. Al principio fue difícil, porque cada uno quería pintar sus cosas, y a mí me costaba manejar la situación. Llamé entonces a otros amigos pintores que vinieron a ayudarme, y la verdad, el mural lo terminaron pintando ellos “(ríe Horacio, confesando cierta responsabilidad compartida, e incluyendo en la referencia a Marco Somweber, Bernardo Andino, Oscar Merino y Brian Fuswinkell). Tras la jugosa experiencia, Marco Somweber sintetizó el proceso con la frase: “Qué bueno haber podido llevar un poco de luz a la oscuridad”.

unnamedOscar Argentino Cisterna es uno de los internos del Penal local. Se hizo amigo de Horacio Ferrari durante el trabajo en el mural que allí se pintó. El abrazo del reencuentro es señal de lo mucho que se respetan y se quieren. Allí nos encontramos para revivir historias de una experiencia que, tanto para “El Morra”, como para Horacio, será imborrable. “Hola, hijo”, le dice Oscar a Horacio. Y luego, en soledad, me dice: “Este pibe es dócil y muy inteligente”. La charla, entre mate y mate, contó con varias anécdotas. Oscar se ha adiestrado en el tallado de madera. Cuenta que cada uno de sus trabajos está destinado a ser regalado a alguien en especial. “Hay gente que quizás no lo valore, pero a mí cada letra tallada, cada figura, me ha costado lágrimas. Al trazar líneas, al trabajar la madera, me vienen recuerdos de mi niñez, o de mi madre. Y más de una vez me he puesto a llorar. Imagino que a vos, Horacio, te pasa lo mismo. Cada pincelada es una vuelta de tuerca a tus memorias, a tu historia, a tu pasado”. Ferrari asiente, silencioso, atento, contemplativo. “Acá lo mirábamos al principio, cuando venía a pintar, y decíamos: Este es más tumbero que nosotros”. Las risas relajan de un momento profundamente emotivo. Oscar se detiene en sus pensamientos, se le quiebra la voz, se le inundan los ojos. Y arremete: “Este pibe es para nosotros como un castillo de oro. Y la amistad que tenemos con él no se paga con nada”. El Morra cuenta que cada vez que pasa frente al águila que quedó pintada en el mural, la saluda, le habla, le choca los cinco. Él mismo se ocupó de bautizarla cuando decidieron que había que ponerle un nombre. “Locura”, dijo Oscar Cisterna, “¿qué otro nombre le vamos a poner?”. El abrazo de despedida es más sentido que aquél primero del encuentro. El mural de Horacio trajo algo de alegría a un lugar que la necesitaba.

 

 

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